Albert Einstein

Los que me conocen saben que es una verdad irrefutable. Por más arduos que fueron los intentos de mis viejos, y a pesar de que en más de una oportunidad intente vencer la inercia, el deporte, señores no es lo mío.
Si, me declaro ojota, pinocho, y lo que les parezca me describa en esta área. Los años pasados tienen en su haber al club,las colonias de vacaciones en los meses de verano , y durante el año fui probando alguna de las bienaventuradas tareas físicas, sin éxito o bien con un éxito relativo. Ya que quizás encontraba en esas horas algo que se alejaba mucho del objetivo saludable que proponían la voluntad de mis padres de llevarme y mi entusiasmo, que duraba como máximo 2 meses.
En el comienzo llego la natación, acompañada por uno de mi hermanos cumplíamos religiosamente los largos de la pileta, de pronto la diversión de salpicar con los pies a los demás chicos se transformo en motor exclusivo de una tablita pequeña que estaba desesperada por llegar al otro extremo. Y en la ansiedad se iban litros de agua a mi garganta, saldo de dos meses de chapoteo: otitis varias y ni una angina, la garganta limpita de tanto cloro.
Poco después mi gran amiga del barrio, flamante deportista ella, me invita a una exhibición de gimnasia artística, y yo colgada de lo “artístico “ del tema me dije: Esto es lo mío!
Y allá fuimos, y de ahí volvimos , al segundo aterrizaje forzoso desde la viga descubrí que mi cercanías con el arte, vendrían desde un lugar mas bajo…
Peatonal de la ciudad, caminando con otra amiga descubrimos lo genial de los conjuntos de tenis, nos miramos y 48 hs. después teníamos, raqueta, pollera, remerita, zapatillas y atención al detalle, muñequera para secarnos la transpiración…. En fin, se imaginan que transpirábamos mas en llegar al club y en buscar las pelotitas, actividad que nos consumía gran parte de la clase. Renuncia en puerta.
Ella fue mas constante, creo que por dos semanas más.
Luego llego el turno de los gimnasios, pero aquí hay que hacer una salvedad, esto ya forma parte de una necesidad y no de placer en si, no me divierte, y se me pueden ocurrir una larga lista de motivos para faltar, sin embargo, voy encontrando clases donde logro abstraerme lo suficiente como para no recordar, justamente, que estoy haciendo gimnasia.
Desde hace unos meses que vengo anunciando mi regreso a la vida deportiva, quizás empujada por el amor propio herido… No sé andar en bicicleta (usted querido lector podría imaginarse que me encuentro trepada a un micrófono en una reunión de pocodeportistas anónimos).
Quizás ahora lejos de la capital, veo más seguido gente que se desplaza en bicicletas, y me quedo observándolos, las formas, los modelos, los rostros de los conductores.
Estoy decidida a comenzar a pedalear, a mantener el equilibrio, ya me imagino dando vueltas en mi bici con canastito, para algún libro y la cámara de fotos.
Pido paciencia, y un par de cintitas de colores para las ruedas, que si me ladran los perros, sean perros chiquitos, y si me ven pasar saluden con la mano…yo les diré “tilín, tilín”.